Jan 31


La seguidilla de propagandas y colillas que, como de costumbre, preceden a la película, son chillones y estridentes. El sonido en todas sus manifestaciones contribuye a la creación del tipo de espectáculo que es habitual: gente que habla, grita, susurra, gime, solloza; impresionantes paisajes que el espectador ha aprendido a disfrutar más por el fondo musical; y también, color, mucho color. A su llegada, The Artist irrumpe en una sala llena de sonido, el inmenso contraste de su silencio absoluto, casi ensordecedor. Del mismo modo, los hermosos tonos de plateado, negro y blanco le piden al ojo lleno de color un pequeñísimo acomodamiento, sus impactantes claroscuros cargados de significado.

The Artist, de Michel Hazanavicius empieza en medias res y anuncia a viva voz su tema el mise-en-abyme autorreferencial: el advenimiento de una nuvea relación entre imagen y sonido. En ella, el actor George Valentin (Jean Dujardin) mira el estreno de su obra más reciente: The Russian Affair, una película muda de los años ’20 con todas las características convencionales típicas de Hollywood que, a su vez, constituyen la estética de ambos, el artista y de The Artist. Hay una orquesta que toca en vivo la banda original de la película en la sala cinematográfica ficcional y una selección de las palabras más pertinentes de la historia aparecen en forma de itertítulos impresos en placas de cartón. El fragmento que da comienzo a The Artist muestra a George Valentin  en el papel de un hombre, que tal vez sea un espía, que es interrogado por la policía secreta, pero se niega terminantemente a emitir sonido alguno. En los intertítulos se ve la orden: ‘SPEAK!’ (‘¡HABLE!’). The Artist abunda en comentarios sobre la representación, abordando, particularmente, la tension entre imagen y sonido: bellamente expresados a través de varias escenas que giran en torno a espejos y retratos.

En la película de Hazanavicius, el lenguaje se expresa principalmente a través de lo corporal: la expresión facial, los gestos y aun articulando las palabras de manera que se puedan leer los labios; además de las placas de intertítulos que aparecen muy ocasionalmente. La capacidad de los  actores  de expresar una amplia gama de sentimientos de gran complejidad y profundidad refleja una serie de capacidades histriónicas particularmente predominantes en la época precedente a la llegada de las películas sonoras en los años ’30. The Artist es un homenaje a Hollywood que celebra no los años dorados, sino sus transiciones. Esta película celebra los maravillosos años mudos, la preponderancia de la imagen por sobre la palabra hablada, de la música por sobre el color; y explora el duelo por un pasado que algunos vivieron como un paso a la historia que el rito cada vez más acelerado de Hollywood forzó demasiado pronto.  The Artist es también el banquete de boda para el matrimonio del arte y las nuevas tecnologías que posibilitó el cine sonoro, anunciando la llegada de la era dorada de Hollywood. Sin embargo, George Valentin no se siente capaz de ser parte: ¿Cómo puede este galán de Hollywood al estilo Clark Gable, impecablemente vestido, su perfecto bigote de lápiz coronando la espléndida sonrisa seductora, entrar al mundo del sonido? ¿Cómo cambiaría esta icónica imagen típicamente americana si George Valentin hablara?

The Artist es una película sobre el cine, una historia de amor de una historia de amor contada desde afuera: ¿Cómo responderá el establishment Hollywoodense al sonido de esta voz extranjera?

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Jan 30

The Artist

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The usual pre-show string of trailers and adverts are loud and strident. Sound in all its manifestations in order to create the kind of spectacle that is habitual: people speaking, shouting, whispering, moaning, weeping; breathtaking landscapes that the viewer has come to learn to enjoy better because of the accompanying music; and colour, lots of colour. By the time The Artist arrives, it irrupts in a sound-filled cinema, as if from nowhere, the contrast of its complete silence, almost deafening. Similarly, the beautiful palette of silver, black and white requires the slightest adjustment of the colour-filled eye, its lights and shadows powerful and laden with meaning.

Michel Hazanavicius’s The Artist opens in medias res, the self-referential mise-en-abyme unequivocally shouting out its theme: the advent of a new relationship between image and sound. In it, actor George Valentin (Jean Dujardin) watches the premiere of his latest work: The Russian Affair, a 1920s silent movie bearing all the conventional Hollywood trade-marks which, in turn, constitute the aesthetic of both the artist and The Artist itself. There is an orchestra playing the film score live in the represented movie-theatre and a selection of the most relevant words of the story are shown by intertitles printed on cardboard plates. The fragment with which The Artist begins shows George Valentin in the role of a man – perhaps a spy? –  who is being questioned by the secret police, but he is adamant in his refusal to utter a sound. The intertitles show the command ‘SPEAK!’ in capital letters. The Artist is rich in commentaries on representation and, in particular, the tension between image and sound: a variety of scenes based on mirrors and portraits, for example, beautifully illustrate this.

In Hazanavicius’s film, language is conveyed primarily by body language: gesture, facial expression and mouthing of words, apart from the very occasional intertitle plate. The fact that the actors are able to express a significant level of complexity and depth of feeling draws attention to a particular set of acting skills that were predominant before the advent of the ‘talkies’ in the 1930s. The Artist is an homage to Hollywood:  not to its iconic Golden Age, but to its transitions. It celebrates the wonderful silent years, the predominance of image over spoken word, of music over colour; and it explores the mourning of a past that some experienced Hollywood’s increasingly fast pace forced into history a tad too soon. The Artist is also the wedding breakfast for the marriage of art and new technology which made the talkies possible, heralding the advent of Hollywood’s Golden Age. But George Valentin does not feel he can be part of this new relationship: how could the Clark Gable-esque Hollywood beau, impeccably clad and boasting the perfectly trimmed pencil-moustache crowning the beautiful, seductive smile step into sound? How would the spoken word change this iconic all-American image if George Valentin spoke?

The Artist is a film about film, the love story of a love story told by an outsider: how will the Hollywood establishment respond to the sound of this foreign voice?

 

 

 


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Jan 17
Disclaimer: Esta entrada es un areflexión más o menos espontánea a la lectura de Misteriosa Buenos Aires, nutrida por conversaciones con gente de las Reading Rooms de los jueves y compañeros del Librocllú Antipodano. No pretende ser un estudio acabado de la obra de Mujica Lainez, ya que sus argumentos carecen de justificación (citas, por ejemplo) y no se desarrollan en profundidad.

Se propuso en el Libroclú Antipodano (http://www.facebook.com/groups/266672896708309/) que cada uno dijera cuál de los primeros cinco cuentos de Misteriosa Buenos Aires prefería. Me ha costado decidirme por uno en particular porque lo que me gusta es la manera en que se concatenan. Como bien lo apuntaron los compañeros del Libroclú (pienso en la contribución de Esther Núñez, por ejemplo), los puntos en común son de varios tipos.

Algo que creo que caracteriza a todos los cuentos de esta colección es que -como piezas de un rompecabezas necesariamente inacabado- es la deconstrucción de la historia. Cada cuento interroga nociones, conceptos, ‘verdades’ que la nación ha ido repitiendo a lo largo de los años, narrativas algunas que se convirtieron en mito, otras en íconos de la argentinidad. Algunas de estas, heredadas de España, fueron perdurando, otras se reformularon y tal vez otras hayan desaparecido (Tal vez sea interesante buscar verdades que hayan desaparecido por completo, que no se hayan reformulado o aggiornado ¿qué les parece?).

Por ejemplo, El hambre se concentra en la fealdad de la primera fundación como fracaso de la empresa española. Este cuento pone la lente del microscopio sobre las relaciones entre los españoles mismos, interrogando la cuestión de clase, mirando de cerca la construcción de jerarquías que en realidad reponden al ‘mundo viejo’. Estas jerarquías reponden a una serie de valores fijos e inalterables que se sustentan sobre un poder que se entiende como legítimo. Este poder lo ostentan la iglesia primero y la monarquía española después. Los cinco primeros cuentos miran las grietas que el ‘mundo nuevo’ hace ver en esta estructuras. Europa veía a América como tierra de salvajes, donde los indios no eran seres humanos, ya que, según los conquistadores, practicaban el canibalismo, por ejemplo. El hambre revela la arbitrariedad e ignorancia que subyace estos prejuicios, mostrándonos el ‘salvajismo’, ya no del acto mismo de comerse a otro, sino de las estructuras de poder que lo hacen posible: si -como cuenta el informe de Ulrico Schmidl, Viaje al Río de la Plata, 1567), al que se refería Agustín Maurín- los españoles hubieran estado dispuestos a conversar con los querandíes, si hubieran dejado de lado toda la rigidez de sus posiciones sociopolíticas, no se hubieran muerto de hambre, por ejemplo. Lamentablemente (y les recomiendo que se fíjen en los posts de Diego Reynoso, que ha estado leyendo el Facundo de Sarmiento, por ejemplo, en http://votosponderados.blogspot.com/2012/01/la-vigencia-del-unitario-de-sarmiento.html), esta percepción binaria está en el centro mismo de todos los mecanismos que generan la construcción de nuestra identidad nacional. La frase ‘civilización y barbarie’ que florece en y tiñe todo el siglo XIX, cruza tranquila y campante al siglo XX y se puede aplicar a la mayoría de las prácticas culturales argentinas durante casi todo el siglo, y aun hoy, me animo a decir -a riesgo de enojar a algunos- define la actitud política de la mayoría. Aunque los grandes partidos políticos se han ido fragmentando y se viene un cambio grande, aun predomina el discurso de ‘el que no está conmigo está en mi contra’, ‘civilizacíon versus barbarie’ se ha transformado, por ejemplo, en K versus gorilas (ya siento caer las críticas a esto…): el que critica al gobierno, es gorila, y punto. Contrariamente, el que critica a Clarín es K, o negro peronista (ya una antigüedad pero que sige bastante vigente). Dejo este punto que es mucho más complejo de lo que requiere este espacio.

Otra problematización que aparece en los primeros cuentos es la de lo mágico, hilo conductor que en realidad atraviesa todo el libro, asumiendo una forma u otra. Por momentos se conjuga con lo femenino, como en La sirena, por ejemplo, donde las fronteras de la realidad se borronean al consumarse el amor de la sirena y el mascarón. Aquí, el fálico mascarón penetra a la sirena matándola: metáfora maravillosa y cruel del orgasmo como petite morte. El apuñalemiento de la sirena también figura la acometida del ‘viejo mundo’, con sus propias supersticiones de poder y de masculinidad, al mundo nuevo: así, el poderío y la fuerza del mascarón, que al principio del cuento es metonimia de la flotilla española, arremete contra los sueños y las ilusiones de la sirena (que busca el amor), que habita un mundo donde no hay verticalidades, sino, más bien, entrecruzamientos, híbridos, fluires (pienso en Culturas Híbridas, de García Canclini (1990)). El cuento, sin embargo, se resuelve en un cruce: el mascarón se desprende de la estructura de la cual había formado parte para sumergirse en un mundo donde su se define a partir de su ‘hibridad’ (no es ni barco, ni humano y es los dos).  El hecho de que mueran al final tal vez apunta a la idea de morir a lo viejo y renacer a una nueva configuración, aptamente ambientada en el agua, donde empieza la vida.

Hay mucho más para decir. La sigo luego. Díganme qué piensan.

 

© Mariana Casale O’Ryan, 2012

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Jan 16
by Mariana Casale O’Ryan on Tuesday, 11 January 2011

 1974: en el jardín de infantes número 1, una nena chiquita participa de los ritos de una argentinidad que apenas empieza a vislumbrar. Perpleja, se pregunta el por qué del delantal blanco que, a diferencia del rosadito a cuadrillé de todos los días, parece exigirle que no juegue en el barro, que no se arrugue. La despiadada moda setentosa la muestra con una pollera irrisoriamente corta. Esos anteojos que le van demasiado grandes parece que le piden que abra bien los ojos, que mire bien, que preste atención, que lo que está pasando es importante. La nena no entiende aun: en esta vieja casona de San Fernando, donde a diario le gusta tirarse rodando por el barrancón de atrás y jugar con los otros nenes, sucede este rito que le exige la temerosa seriedad con que mira al fotográfo. Es el mismo lugar donde pasa horas cantando su futuro: “Estaba la reina bataaaata, sentada en su plato de laaaaata…/ la naranja se paseeeeaaaa de la sala al comedor…/ la tetera es de porcelana pero no se ve, yo no sé por qué…”. Por ahora son los temas más divertidos de María Elena, más adelnate vendrían otros, mucho más duros, menos juguetones: “Tantas veces me mataron, tantas veces me morí…”, hasta que una noche de 1985 aquélla afligida, compleja y dolorida argentinidad le pegó su primer bofetazo: a la salida del cine, la nena de los anteojos, ahora adolescente, acababa de ver La historia oficial. Un historia oficial en medio de la cual había transcurrido la mayor parte de su niñez. La nena lloraba y dolía, y las palabras de María Elena Walsh, cargadas de una mezcla densa de inocencia y madurez, de argentinidad irresuelta, resonaban en su cabeza: “En el país del nomeacuaeeeerdo, doy tres pasitos y me pieeeerdo..”

©Mariana Casale O’Ryan


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Jan 16

I sit on a bench at Wood Green Station. I write ‘Linda’ on a bookplate I had stuck on A.S. Byatt’s The Children’s Book. ‘This book belongs to dottedline Linda dottedline.’ A Chinese-looking woman sits next to me: I am reminded of Monsieur Linh, who sat on a park bench next to a man with whom he had no language in common. I wonder what she makes of me. I wonder: does she think my name is Linda? I wonder: did she notice me writing a name on my book?  Linda’s book, not mine.

 

© Mariana Casale O’Ryan

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Jan 16

Le duele en el cuerpo el recuerdo de Gabriel.

Siente la calidez del primer contacto, de su mano en su cintura: un gesto tan fugaz, pero que a ella le intriga ver que ha trascendido. No logra acceder en su propia memoria a rastros de las circunstancias en las que se conocieron. Seguro que él lo sabe, tiene una memoria prodigiosa, o por lo menos es lo que ella percibe, ya que siente que la suya es tan pobre en comparación. Sus recuerdos están llenos de arrepentimientos, de espacios no explorados, de abandono.

La razón le dicta, persistente y sabia, que no hubiera funcionado una relación entre ellos. Está claro, sobre todo, que no lo hubiera soportado, que después de Gabriel empezó un proceso de aprendizaje lento, largo y tortuoso: le llevó años entender exactamente cómo era que se merecía  algo mejor, que era inaceptable estar con alguien que no la tratara bien, que le hiciera sentir constantemente que no era digna, que no me merecía su amor. Años – décadas – darse cuenta de que esta situación describe mucho más las falencias del otro, y no las propias.

Pero ella arde por Gabriel, por aquellos cuerpos veinteañeros y hermosos. ¿Por qué nunca hicieron el amor, si lo tenían todo? Tenían el deseo, la atracción, la energía, el tiempo… Faltaban las circunstancias. Si pudieran ser hoy aquellos cuerpos ardientes, hoy que es prohibido, pero de alguna manera, menos imposible. Hoy que las decisiones dependen totalmente de ellos mismos, aunque tienen alcances muchos más profundos. Tal vez nada haya cambiado, tal vez él nunca la quiso tanto como ella a él.

¿Y el recuerdo? ¿Qué complicado proceso en su psicología produce un recuerdo tan exacto, si lo que hay para recordar no es importante? Tal vez sea importante para su ego – es probable – y se condice con  el estereotipo, responde a todas las reglas culturales, encaja perfecto. ¡Qué crueldad infinita propiciar un encuentro que reviva aquel recuerdo, si es sólo para satisfacer el ego! Sabe que nunca podrá elucidarlo: estadísticamente, no les alcanzaría la vida para volver a recorrer ese camino. Gabriel es muy inteligente. Es un ser muy racional, pero sensible. Le gustan los juegos de poder, que ejerce tan exitosamente en lo laboral como en lo emocional  no conoce otra manera de moverse.

Reflexiona que es más feliz que él, que ha evolucionado mejor. De cualquier manera, por supuesto, ella hubiera querido seguir con él, todos esos años atrás. Es un deseo retroactivo muy fuerte, que se ha vuelto a despertar después de haberse adormilado durante unos catorce años.

© Mariana Casale O’Ryan

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Jan 13

Reading Rooms in Spanish: Argentine Literature

at

Sugar Junction
60 Tib Street
Manchester M4 1LG

 

These Reading Rooms are also available by arrangement, either in Spanish or in English, as series or one-offs, at alternative times and locations.

Please get in touch for more information!

Cuarta Serie: de  ‘Buenos Aires Mítica: Manuel Mujica Laínez’ a

 ‘Mi Buenos Aires querido: Borges, Arlt y la porteñidad’

 

1a Sesión:   jueves 19 de enero

                        11-12.30

Buenos Aires Mítica’

  • Manuel Mujica Laínez, Misteriosa Buenos Aires (cuentos XIX. ‘El patio iluminado’ a XXIX. ‘La casa cerrada’ inclusive)    

2a Sesión:   jueves 26 de enero

                        11-12.30

Buenos Aires Mítica’

  • Manuel Mujica Laínez, Misteriosa Buenos Aires (cuentos XXX. ‘El amigo’ a XLII. ‘El salón dorado’ inclusive)

3a Sesión:   jueves 2 de febrero

                        12.45-14.15

‘El Buenos Aires de Borges: Compadritos y cuchilleros’

  • Jorge Luis Borges, ‘Historia de Rosendo Juárez’, ‘Hombre de la esquina rosada’, ‘Juan Muraña’

4a Sesión:   jueves 9 de febrero

                        12.45-14.15

                        ‘El Buenos Aires de Arlt: tango, lunfardo y porteñidad de los años ‘30’

  • Roberto Arlt, Aguafuertes porteñas

 

           

Quinta Serie: ‘Tango, lunfardo y porteñidad en los años ‘30’

 

1a Sesión:   jueves 16 de febrero

                        12.45-14.15

 ‘El Buenos Aires de Arlt: tango, lunfardo y porteñidad en los años ‘30’

  • Roberto Arlt, Aguafuertes porteñas y selección de letras de tango

2a Sesión:   jueves 23 de febrero

                        12.45-14.15

                        ‘El Buenos Aires de Arlt: tango, lunfardo y porteñidad de los años ‘30’

  • Roberto Arlt, Aguafuertes porteñas y selección de letras de tango

3a Sesión:   jueves 1 de marzo

                        12.45-14.15

                        ‘El Buenos Aires de Arlt: tango, lunfardo y porteñidad de los años ‘30’

  • Roberto Arlt, Aguafuertes porteñas y selección de letras de tango

4a Sesión:   jueves 8 de marzo

                        12.45-14.15

                        El Buenos Aires de Arlt: tango, lunfardo y porteñidad de los años ‘30’

  • Roberto Arlt, Aguafuertes porteñas y selección de letras de tango

 

           

Sexta Serie: ‘De tango y folletín : Manuel Puig y lo popular’

 

1a Sesión:    jueves 15 de marzo

                        12.45-14.15

  • Manuel Puig, Boquitas pintadas

2a Sesión:   jueves 22 de marzo

                        12.45-14.15

  • Manuel Puig, Boquitas pintadas

3a Sesión:   jueves 29 de marzo

                        12.45-14.15

  • Manuel Puig, Boquitas pintadas

4a Sesión:   jueves 19 de abril

                        12.45-14.15

  • Manuel Puig, Boquitas pintadas

 

N.B: en cada caso, de acuerdo a cómo vaya avanzando la lectura, se utilizarán textos complementarios, como letras de tango, poesía o pasajes de otras novelas y cuentos.

 

 

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Nov 11

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A la undécima hora del undécimo día

Esta mañana vi un post en Facebook sobre el ominoso significado de la fecha de hoy, en que la misma cifra se repite seis veces. Los alarmistas esotéricos de siempre parecen habérselo tomado como algo que significa. Estoy segura de que debe haber muchas interpretaciones interesantes de esta coincidencia numérica.

El hecho me llevó a reflexionar sobre lo que quiere decir el número 11 en la Gran Bretaña de hoy, al igual que cada 11 de noviembre desde 1918, cuando se conmemora el fin de la Primera Guerra Mundial y se honra a aquellos que han dado la vida por su país. Mi hijo de ocho años me preguntó esta mañana: “¿qué significa ‘dieron la vida por la patria’? ¿Quiere decir que han muerto?” Le expliqué el contexto de la frase que escuchó en el noticiero, que, francamente, casi no necesita explicación: el conflicto en Irak comenzó el mismo año en el que él nació, y la Guerra en Afganistán tiene un par de años más: Gran Bretaña ha participado de por lo menos dos conflictos armadas importantes durante toda la vida de mi hijo.

Muchas veces me pregunté si era apropiado ponerme una amapola roja en el ojal (que en Gran Bretaña es una especie de escarapela en conmemoración de los soldados muertos) en noviembre. Mis hijos la llevan, al igual que mi marido. Yo no: siento un profundo respeto por aquellos que han dado la vida por su país. Pero, al mismo tiempo, estoy en profundo desacuerdo con esta idea. Creo firmemente que, definitivamente, la pérdida de vida no es manera de lograr absolutamente nada. Primordialmente, porque creo que va en contra de lo que se pretende lograr con dicho sacrificio. Si las guerras son para lograr la libertad y mejorar la vida de la gente ¿cómo puede ser que estos honorables objetivos se logren matando y dejándose matar? Aplico este razonamiento en igual medida a todos los muertos de Guerra: efectivos de las fuerzas armadas profesionales, ‘fuerzas rebeldes’, guerrilleros, terroristas suicidas, etc. Pero, por sobre todo, me indigna profundamente la pérdida de la vida de aquellos que no decidieron consciente y libremente, participar del conflicto: los conscriptos y la población civil, a los que, con demasiada frecuencia, se refiere con ese término horrible y cruel: ‘colaterales’.

Muchas veces me pregunté  dónde se origina esta posición pacifista. Me acuerdo de una ocasión en la que un amigo de mi padre, a quien yo consideraba un hombre honorable, el Juez Ocampo (que lamentablemente murió hace varios años ya), me dijo: ‘¡No me digas que vos no estarías dispuesta a dar la vida por la patria!’  Quedé tan atónita que no fui capaz de responder. Ojalá pudiera volver a ese momento, armada del producto de muchos años de reflexión, y contestarle: ‘No. Jamás daría mi vida por nada: ‘Soy mucho más útil viva. Soy capaz de amar y trabajar por gente real, individualmente, y des este modo, contribuir a cualquier colectividad de la que sea parte, en un momento y lugar dados de la historia, sea lo que sea, dónde sea y cuándo sea.’ Por supuesto, me ha llevado unas tres décadas formular esta simple respuesta.

Cuando émigré y formé mi propia familia, mi pacifismo se fue nutriendo aun más con la configuración de esta unidad filial, e, inevitablemente, por el peso de sus varias narrativas históricas. Los nombres de mis hijos llevan esta historias: unos de ellos se llama como James Downes,  el inmigrante irlandés del siglo XIX del condado de Westmeath, a quien le cambiaron el nombre arbitrariamente –a Santiago- a su llegada al Puerto de Buenos Aires. Así, el nombre de mi hijo le rinde homenaje a todos aquellos cuyas definiciones y redefiniciones peripatéticas de la identidad hacen que su acervo sea tan rico. La se llama como los valientes guerreros míticos de Irlanda, los fianna, no porque hayan peleado, sino porque, para ellos, ser poetas era igual de importante que pelear, y no les importaba, en igual medida, si eran hombre o mujer. Así, el nombre de mi hija, de un modo algo metonímico, le rinde homenaje a aquellos en su genealogía que pelearon pero, quienes, habiendo sobrevivido, decidieron seguir viviendo una vida llena de belleza y poesía.

Me encuentro en el eje de una unidad familiar en la cual convergen antiguos enemigos. En otros momentos históricos, los bisabuelos irlandeses de mis hijos habían peleado en bandos enemigos: la vieja ‘RUC’ (del lado de los británicos) y el viejo ‘IRA’ (del lado de los patriotas, antes de que se convirtiera en ejército clandestino). Mi propia patria, no hace tanto, estuvo en guerra con la de mi esposo durante el conflict de Malvinas en 1982.

Hoy, 11-11-11, prefiero pensar que los linajes de mis hijos no están en Discordia, como alguna vez dijo Borges, sino en paz. Hoy le rindo homenaje y celebro la posibilidad real de hacer la paz, y no la guerra.

Les dejo una poesía de Borges, que creo que expresa bastnate de lo que quise contarles hoy, pero con mayor concisión y efecto:

 

JUAN LÓPEZ Y JOHN WARD

Les tocó en suerte una época extraña.

El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los catógrafos, auspiciaba las guerras.

López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward, en las afueras de la ciudad por la que caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer el Quijote.

El otro profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado en una aula de la calle Viamonte.

Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel.

Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen.

El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.

 

Jorge Luis Borges (1982)

 

Mariana Casale O’Ryan

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Nov 11

Para leer este post en castellano, haga click acá: http://www.marianasreadingrooms.co.uk/blog/cavilaciones-personales-castellano/a-la-undecima-hora-del-undecimo-dia

On the Eleventh Hour of the Eleventh Day

I noticed this morning a post on Facebook about the ominous significance of today’s date, as the fact that the same figure is repeated six times seems to have been taken by the usual esoteric scaremongers to ‘mean something’. I am sure there are many interesting interpretations of this numeric coincidence.

It made me think of what the number 11 means in Britain today,  and every 11th of November  since 1918, as the end of the Great war is commemorated. It is a Day of Remembrance when the country honours those considered to have given their lives for their country. My 8-year-old asked me this morning “what does ‘they gave their lives for our country’ mean? Does it mean they are dead?” I explained the context, which frankly, hardly needs explaining, as the conflict in Irak began the year that he was born, and the war in Afghanistan is a couple of years older than he is: Britain has been involved in at least two major armed conflicts for all of my son’s life.

I have often wondered about the appropriateness of my wearing a red poppy in November. My children wear one, and so does my husband. I don’t: I have immense respect for those who have lain their lives down for their country. But I feel a profound disagreement with this concept. I firmly believe that loss of life is definitely not the way to achieve anything at all. Primarily, because I believe that it defeats the very purpose of the sacrifice. If wars are about freedom and better lives, how can these honourable objectives be achieved by killing and getting killed? I apply this reasoning in equal measure to all war dead: professional members of a country’s armed forces, ‘rebel forces’, ‘freedom fighters’, suicide bombers, etc. But, most importantly, I profoundly resent the loss of the lives of those who did not make a conscious, free decision to partake of war: the conscripted and the civilian population, too often referred to with that cruelly horrendous term, ‘collateral’.

I have often wondered where my pacifism comes from. I remember being asked by a friend of my father’s, whom I deemed to be a very honourable man Judge Ocampo (who sadly died quite a few years ago): ‘Why, don’t tell me you wouldn’t give your life for your country!’ I was so taken aback by this that I was unable to reply. I have always wanted to go back to that moment and, armed with the product of many years’ consideration, answer: ‘No. I would never give my life for anything: I am far more useful alive. I can work for and love real people, individually, and thus make my contribution to any collective I happen to find myself a part of at a given place and time in history, whatever, whenever and wherever that may be.’ Of course, it has taken me about three decades to come up with this simple answer.

As I emigrated and started my own family, my pacifism has been nurtured further by the configuration of this filial unit, and, inevitably, by the weight of its various historical narratives. My children, whose very names carry these narratives: one is named after James Downes,  the 19th-Century Irish immigrant from Co. Westmeath whose Christian name was arbitrarily changed on arrival to the port of Buenos Aires to Santiago. Thus, my son’s name honours all those whose peripatetic definitions and redefinitions of identity make his heritage so rich. The other is named after the brave mythical warriors of Ireland, the fianna, not because they fought, but because to them, it was equally important to be poets, and equally unimportant what gender they were. Thus, my daughter’s name, rather metonymically, honours those in her family history, who fought but, having survived, later made a firm decision to live a life full of beauty and poetry. I find myself at the crux of a family unit where ‘old enemies’ converge. In other historical times, my children’s Irish great- grandfathers had fought on opposing sides: the old RUC and the old IRA (before it became a clandestine army). My own homeland was, not so long ago, at war with that of my husband’s during the Malvinas conflict in 1982. Today, on 11-11-11, I like to think that the lineages of our children are not in discord, as Borges once said, but, rather, in peace. Today I celebrate the real possibility of making peace, not war.

I leave you with a poem by Borges – translated into English, followed by the Spanish original – which I think expresses much of what I wanted to say today, more concisely and effectively:

 

JUAN LOPEZ AND JOHN WARD

It was their luck to be born into a strange time.

The planet had been parcelled out among various countries, each one provided with loyalties, Cherished memories, with a past undoubtedly heroic, with rights, with wrongs, with a particular
mythology, with bronze forefathers, with anniversaries, with demagogues and symbols. This arbitrary division was favourable for wars.

Lopez was born in the city beside the tawny river; Ward, on the outskirts of the city where Father Brown walked. He had studied Spanish in order to read Quijote.

The other one professed a love for Conrad, who had been revealed to him in a classroom on Viamonte Street.

They might have been friends, but they saw each other face to face only once, on some overly famous islands, and each one of them was Cain, and each was Abel.

They were buried together. Snow and corruption know them.

The incident I mention occurred in a time that we cannot understand.

 

 Jorge Luis Borges (1982)

 JUAN LÓPEZ Y JOHN WARD

Les tocó en suerte una época extraña.

El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los catógrafos, auspiciaba las guerras.

López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward, en las afueras de la ciudad por la que caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer el Quijote.

El otro profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado en una aula de la calle Viamonte.

Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel.

Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen.

El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.

 

Jorge Luis Borges (1982)

Posted in: PERSONAL MUSINGS (English) | Posted by: Mariana Casale O'Ryan
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Nov 09

I will be talking about Buenos Aires through Borges’s eyes, and of Borges through Buenos Aires’s eyes, on the evening of Thursday 24th November at Macclesfield College. After a taste of  lovely Argentine wine, nibbles and Tango, we will start with a short poetry workshop (readers will have the option of working with the Spanish original or the English translation), which will lead us into a talk about the writer and the city. Please join us! Further details at:  http://www.macclesfield.ac.uk/homepages/BUENOSAIRES

Looking forward to seeing you there!

Mariana

Posted in: General Tags: , , | Posted by: Mariana Casale O'Ryan
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